Hace siete años, el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) publicó un informe en el que instaba a los gobiernos de los países árabes a  acelerar las reformas democráticas si querían evitar una rebelión social. Los gobiernos autoritarios del norte de África y Oriente Próximo desoyeron la advertencia de la ONU y durante estos años no han hecho nada por abrir sus regímenes, luchar contra la corrupción y tratar de paliar las desigualdades sociales. Dictadores como Ben Alí en Túnez, Hosni Mubarak, en Egipto, o Alí Abdalá Saleh, en Yemen, que llevaban 24, 30 y 32 años en el poder, respectivamente, se sentían seguros en su condición de aliados estratégicos de Estados Unidos contra el terrorismo islamista y seguían enfrascados en sus planes para perpetuarse en el poder. Tanto ellos como las potencias occidentales se han visto sorprendidos y superados por la ola de levantamientos que ha comenzado en Túnez y se ha contagiando en mayor o menor medida a todos los países del entorno.

La frustración era creciente entre gran parte de la población de estos países. Las enormes subidas de precios que había propiciado la crisis en el último año habían contribuido a incrementar el enfado hacia la opulenta clase dirigente. Cualquier suceso podía convertirse en la chispa que encendiera la mecha de la revolución.

Y ese suceso ocurrió el pasado 17 de diciembre en Sidi Bouzil, una región al sur de Túnez, donde Mohamed Bouaziz, uno de tantos licenciados universitarios sin ninguna perspectiva de futuro, se veía obligado a vender fruta por la calle. La policía le confiscó su pequeño puesto y la mercancía al considerar que no tenía los permisos en regla, lo que llevó al joven Bouaziz, en el colmo de su desesperación, a prenderse fuego a lo bonzo ante la sede de la delegación de Gobierno. Murió el 5 de enero a consecuencia de las quemaduras. En aquel momento, ya se había convertido en todo un símbolo de la lucha contra el poder establecido.

Generación Facebook
«Gracias, Facebook». Así rezaba una de las pintadas que se podía leer estos días en las calles del centro de El Cairo. Los acontecimientos de Túnez pusieron al rojo vivo la actividad de las redes sociales en Egipto donde ya funcionaban varios grupos de Facebook antigubernamentales que contaban con cientos de miles de adhesiones. En concreto, el grupo denominado «6 de abril», creado por Essira Abd el Fatah, de 32 años, y Ahmad Maher, de 29, había logrado 77.000 miembros y el grupo «Jaled Said», creado en honor de un joven que fue apaleado hasta la muerte por la policía egipcia en junio de 2010, contaba con 400.000 adhesiones. Ambos grupos convocaron la histórica manifestación del 25 de enero en la que miles de egipcios se dieron cita para pedir la dimisión de Mubarak y el fin de su dictadura militar.

Las revueltas de estos días ponen de manifiesto un fenómeno hasta ahora desconocido en el mundo árabe como es la aparición de un sector de población joven, con formación académica y con acceso a las nuevas tecnologías. En efecto, según un estudio de la CIA, el índice de población menor de 30 años y con accceso a Internet alcanza el 30 por ciento en Túnez, Egipto, Yemen, Jordania, Libia y Marruecos, mientras que otros países como Irán o Argelia superan ese porcentaje.

Macarena Cotelo, presidenta de la Red Euro-Árabe de ONG para el Desarrollo y la Integración (READI) afirma que los países árabes cuentan con «poblaciones muy jóvenes cuyo principal problema no es la formación». De hecho, las tasas de alfabetización son bastante elevadas en estos países: en Jordania, es del 90 por ciento; en Túnez, del 74 y  en Egipto, del 71. Mucho más baja es la tasa de alfabetización en Yemen que apenas alcanza el 50 por ciento.  Para Cotelo, «el problema de estos jóvenes viene de la falta de acceso al empleo en unos puestos acordes a la formación que tienen. Esto genera  una frustración tremenda». La presidenta de READI cree que «esta generación está muy familiarizada con las nuevas tecnologías y, a diferencia de sus padres, tiene contacto con el mundo desarrollado. Esto hace que puedan ver las oportunidades que hay en otros países y a las que ellos no tienen acceso».

Wael Farouq, profesor de árabe en la American University de Egipto, reconoce que los universitarios han tenido un papel muy importante en el impulso a las manifestaciones: «Los verdaderos líderes de la protesta pertenecen a la clase media-alta. Lo han organizado todo a través de Facebook. Muchos son estudiantes de la American University, donde doy clase, y de la German University. Con ellos están miles de profesores universitarios y numerosos magistrados. Lo que piden estas personas es sobre todo libertad».

Revolución espontánea, laica y plural
Aunque el Gobierno de Mubarak ha acusado a grupos islamistas como los Hermanos Musulmanes de estar detrás de las protestas, en el caso de Egipto, los testimonios más cercanos a los hechos hablan de una revolución espontánea y religiosamente plural. «Lo que está ocurriendo tiene ese cariz de ser una revolución de los ciudadanos porque, si miramos un poco hacia atrás, los primeros que salieron a protestar a la calle en Egipto fueron los cristianos, que llevan varios años siendo víctimas de una auténtica masacre. Son una minoría de un ocho por ciento y ya salían a la calle para quejarse por la falta de seguridad frente a la violencia», sostiene Macarena Cotelo, quien añade: «A estas protestas, se han ido sumando otra serie de reivindicaciones y hoy por hoy se trata de un movimiento muy plural».

El profesor Farouq también pone énfasis en esta cuestión: «Puedo asegurar que al frente de estas protestas no han estado los Hermanos Musulmanes. Me gustaría que sobre este punto no hubiera ningún equívoco posible. Lo que está sucediendo es una revolución laica. A pesar de que el Gobierno está haciendo todo lo posible para que se difunda la idea de que detrás de estas manifestaciones está el fundamentalismo islámico, puedo testimoniar en primera persona que no es así».

«Los manifestantes son, en todos estos países, una mezcla de clases medias, de jóvenes, de blogistas, de activistas de los movimientos sindicalistas, periodistas y también partidos políticos de la oposición, en muchos casos prohibidos», describe Jumana Trad, directora del Consejo Ejecutivo del Centro de Estudios de Oriente.
Una fotografía aparecida hace algunos días en la prensa mostraba a una chica luciendo en el cuello un crucifijo y abrazada a una joven musulmana con la cara tapada por el velo islámico durante una manifestación en la plaza Tahrir. La imagen responde a la realidad, según el profesor de la American University de El Cairo: «Lo que he visto estos días me ha convencido de que el verdadero enemigo de la libertad religiosa en Egipto es el régimen de Mubarak. Los cientos de miles de personas que han salido a la plaza piden a voces la unidad entre cristianos y musulmanes. Uno de los eslóganes, por ejemplo, decía: ‘Cristianos y musulmanes, todos somos egipcios’. Un cristiano llevaba una cruz y, en cuanto los demás manifestantes lo vieron, lo alzaron sobre sus hombros con alegría, como signo de reconocimiento. Lo puedo contar porque lo vi con mis propios ojos».
Un futuro incierto
Las protestas populares han hecho huir de Túnez al presidente Ben Alí, mientras Mubarak ha tratado a toda costa de enrocarse en el poder. Por su parte, el presidente yemení, Saleh ha anunciado que no se presentará a la reelección y que aprobará medidas económicas de urgencia y el rey jordano Abdalah II ha tenido que cesar a su primer ministro y disolver el Gobierno. Pero hay más: la Autoridad Nacional de Palestina se ha apresurado a anunciar la convocatoria de unas elecciones en los territorios palestinos, que tenían que haberse celebrado hace ya un año. En Marruecos, miles de internautas piden a través de Facebook que Mohamed VI derogue la actual Constitución, que otorga al monarca un poder casi absoluto y que libere a los presos de conciencia y termine con la corrupción.

«Actualmente la situación no está muy clara en ninguno de estos países», opina Jumana Trad, que sostiene que «hay muchos escenarios posibles: la transición puede estar asegurada con tranquilidad o puede haber situaciones de vacío institucional que sean peligrosas. Existe el riesgo de enfrentamientos civiles y también de un golpe de Estado militar. El futuro de estos países dependerá de la capacidad de los gobiernos de transición para organizar elecciones».

Kenneth Perkins, profesor de Historia en la Universidad de Carolina del Sur (EEUU) y autor del libro «Historia del Túnez Moderno» (Ed. Akal 2010) ha visitado Egipto, Túnez y Jordania, en los días de las revueltas. Perkins también cree que «lo que ocurra dependerá de la receptividad que muestren los gobiernos de transición a hacer concesiones razonables en respuesta a la demanda popular de reformas. Pero esto, a su vez, puede variar en función de la autoridad moral que tenga cada régimen, de su intención de usar la fuerza y de la popularidad de la que gocen en cada caso».

El profesor Perkins lo explica con varios ejemplos: «Arabia Saudí tiene fuerza y capacidad de control suficientes para resistir a las presiones. Los países del Golfo gozan de unas condiciones económicas relativamente mejores que apaciguan la fuerza de la oposición. Por otra parte, la decisión del rey de Jordania de cambiar a todo el Gobierno es un ejemplo de cómo intentar resolver los problemas antes de llegar a una crisis».

El riesgo del islamismo
La responsable del Centro de Estudios de Oriente no ve probable que los islamistas tengan capacidad para hacerse con el poder mediante el uso de la fuerza. «Para hacerse con el control de un país aprovechándose de un vacío de poder, hace falta tener armas y dar un golpe de Estado. En este caso, en los dos países Túnez y Egipto, las armas están en manos de los ejércitos, y estos últimos no las han utilizado», explica Trad.

En Egipto, por ejemplo, la única organización estable de la oposición son los Hermanos Musulmanes. En las elecciones de 2005, obtuvieron 88 diputados, con el 20 por ciento de los votos: una quinta parte del parlamento. Fue el mejor resultado de su historia, por lo que, según los analistas, ese 20 por ciento sería su techo electoral si se instaurara una democracia en la que se permitieran todos los partidos políticos.

De momento, los Hermanos Musulmanes han mostrado su cara más amable,  a través de las palabras de su ‘número dos’, Rashad Baioumi, quien ha declarado que «este no es el momento de la Hermandad; ponerse a dirigir Egipto es una gran responsabilidad de la que ahora preferimos escapar», Baioumi además ha asegurado que «solo piden cambios, no la presidencia y estamos felices de acompañar este despertar popular».

El profesor de Historia de la Universidad de Carolina del Sur es partidario de dar una oportunidad a los movimientos islamistas. «En Túnez, Egipto y Jordania, los partidos islamistas son moderados y están más inclinados a integrarse en el juego político que en dictar las reglas. Quieren tener una voz y me parece justo, ya que el Islam y sus valores son un elemento clave en la cultura de estos países y son compartidos por muchos de sus ciudadanos».

Perkins no cree que «el éxito de los movimientos islamistas pueda equipararse automáticamente a lo que sucedió en Irán en 1979. Cada movimiento en cada país deberá ser juzgado por su propio programa político y por sus hechos»

El escenario más peligroso es el que podría abrirse en Yemen, uno de los países más pobres de la tierra, donde la mayoría de la población es rural y analfabeta y gran parte del territorio está dominado por clanes tribales y grupos terroristas como Al Qaeda. Algunos expertos hablan del peligro de que este país del sur de la península arábiga se convierta en un estado fallido como Somalia.

Nuevos liderazgos
Los medios de comunicación de Occidente han dado mucha repercusión al retorno de El Baradei a El Cairo, donde este político exiliado ha intentado ponerse a la cabeza de las manifestaciones anti Mubarak. Mohamed El Baradei es el líder de la oposición a Mubarak que cuenta con un mayor prestigio internacional. Durante 12 años ha dirigido la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA), un organismo intergubernamental auspiciado por la ONU y en 2005 le fue concedido el Premio Nobel de la Paz.

Sin embargo, para muchos de los manifestantes que tomaron la plaza Tahrir el pasado 25 de enero, El Baradei es solo un oportunista, un dinosaurio que apenas tiene representatividad entre los jóvenes que se han jugado la vida por la libertad. «El Baradei está muy lejos de la gente que protesta; no es nuestro líder», sentencia el profesor Farouq. «Y lo mismo podemos decir de otros políticos egipcios. Ninguno de ellos tiene vínculo alguno con lo que está sucediendo estos días. Sólo ahora, cuando la gente muere en las calles, vienen a ofrecernos su ayuda. Sólo tenemos una respuesta: ‘No, gracias’. Los líderes de esta revolución proceden de abajo».

Para Macarena Cotelo, los nuevos liderazgos en Egipto están todavía por definir. «Aparecen líderes como El Baradei que, en estos momentos, no tienen aceptación en Egipto. Está tratando de asumir un liderazgo que no está respaldado por la gente que sale a la calle. Confío en que surjan nuevos líderes que tengan esta visión más abierta, más democrática, en la que todos los egipcios tengan cabida. Los que han salido a la calles no se dejarán convencer por cualquiera que pretenda arrogarse un liderazgo que no les corresponde.»

El papel de Occidente
En cuanto a la respuesta que deben dar las potencias occidentales ante la nueva situación, Perkins cree que «deben evitar los espereotipos y las generalizaciones, y alentar la expansión de la democracia en estas regiones incluso si esto conlleva tener que llegar a acuerdos con movimientos u organizaciones políticas con los que no está totalmente de acuerdo».

En la misma línea se pronuncia la presidenta de READI: «Evidentemente puede haber muchos movimientos o partidos políticos en el mundo que no nos gustan, pero si creemos en la soberanía popular y en el sistema democrático, tenemos que respetarlos. Ahora Occidente saluda con entusiasmo los movimientos democratizadores, pero ¿será capaz de respetar las decisiones que los ciudadanos de esos países tomen en el futuro?», concluye Cotelo.